miércoles, 8 de noviembre de 2017

Niña de otoño


Fotografía de Pixabay: CC0

Para nuestra niña Elvira, en el día de su cumpleaños. 




Insistes en decir a tus iguales,

a quienes comparten tiempo, niñez

y juegos contigo; que cumples años en otoño:

"¿a qué cumplo años en otoño papá

a qué cumplo en otoño?"

Miro por la ventana; el otoño es redondo, entre las pocas nubes un azul intenso

se resiste a diluirse. Imaginar tu voz, 

tus pasos por la casa: es un asalto a la soledad 

en este cuarto cerrado por el silencio.

De este pecho mío brotan las más amorosas 

palabras,

palabras que se regocijan en el suave pelo

de tu existencia.

Rememoro el juramento hecho

en aquel hospital blanco (blanco como un colash de palomas):

Tú tenías la vida abierta; y yo,

padre primerizo, 

dejé -entre rigidez y nerviosismo-

partir el amor desde la orilla 

de mi boca; hasta el puerto 

de tus ojos avellana.

Era un otoño en ocho,

yo levantaba altos diques de compostura;

incapaces de contener el aire sobrante 

de los suspiros.

Tu mirada era como la grácil nieve:

virgen y libre de todo pecado.

Desde entonces vas recogiendo

por los campos de las 4 estaciones

sugestivos ramos de curiosidades

y al acercarse otoño 

aun sabiendo la respuesta preguntas:

"¿a qué cumplo años en otoño papá

a qué cumplo en otoño?,- sí, hija sí,

cumples año en otoño:a la vez

que los Álamos destilan 

el líquido sonido de las aguas,

y el céfiro disgrega por las calles, 

solemnes mariposas color ocre,

y tú; niña de otoño, 
tú agigantas

la creadora magia de su encanto




Te queremos con la fuerza de un ciclón pequeña; de esa manera tan rara que solo los muy optimistas pueden soñar, pero solo los locos por la vida consiguen.
 
Nunca dejes que tu alma cruce la barrera de la infancia.

Feliz cumpleaños pequeña

lunes, 6 de noviembre de 2017

Norte y Sur

Fotografía de Pixabay:CC0



Sé que la lavadora centrífuga a un toque de diana presuroso, en tanto la mañana muere en aras de su antecesora. Sé que la vida ¡ah la dulce vida!, arrincona gritos por oscuros cuartos, desgarradores gritos. Pero esa vida no es la que vivimos, y anhelo que vengas a devorarme, a estrujar la mirada de este yo que te ama.

Saberme aquí, flotando en la espuma de unas pestañas que me deshojan por dentro, es la consecuencia de haber dado un paso tras de otro. No somos sino: dos copas de amor, de árboles libres como las palabras que dejan escapar las jaulas al mar. El azul de algún verano se ha quedado entre nosotros, en esa pequeña orilla que perfila tu mejilla.

Así seguimos, raudos al encuentro de la esquina que dobla el acero más maleable: un amor destinado a soportar los envites del invierno más hostil, porque nos queremos bien, sólidos como una via  de tren que nos lleva con firmeza: como el viento que soplaba la veleta que miraba hacia Córdoba.

Córdoba, Córdoba que fue, aquella tarde nuestra, tú salías de mi mano con la esperanza de que yo jamás abriera la mía. Enlazados de la mano continuamos, y entramos en aquel bar de turistas que nos hizo tan humanos. Todo mi pasado descolgado de tu boca, y en la tuya la Mezquita y el mejor regalo de dios: nuestra Elvira.

Seguimos a dos palmos de la boca de la fuente, transparentes como las verdades que nos velan, como el último beso que nos brinda la noche mientras observa la luna de este sur, que jamás ha perdido el norte. Te hallé perdida aquel invierno, perdida entre lo que no decías y lo que yo callaba, los gatos tiritando de frío compartian la rota ventana que los protegía de la lluvia, así compartiríamos cama y sabanas; sueños y fantasmas.

Hablar es fácil, sentir sencillo, mas soplar tu pelo es viajar en primera clase encima de las rodillas de una abuela que muestra el mundo con desparpajo. Por eso supimos que no era completa tu cintura hasta, en tanto no la ocupo Maitena.

Ultimá la palabra, después el punto que la cierra, la coma no, pues siempre responde a una pausa que quiero tomarme para daros un beso. Soy el albañil de confianza para esta obra que me arde por dentro: La sagrada familia. 

Sigue el viento, las imagenes se repiten sinceras como las vueltas al bolsillo cuando no te guardas nada, hay un tinte de nostalgia por la eternidad de la vida, que ha de continuar con o sin nosotros, hasta que alguien detenga el viento.

El tiempo apremia, me llamas a lo lejos, te observo, estás sentada en una caricia con las niñas. Hecho un terrón de azúcar, lo disuelvo, contemplo, me regodeo. Estáis frescas como un paseo por la plaza de Abastos. Doy un sorbo, luego otro, soy feliz.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Nacidos en el 75

Fotografía de Pixabay.

Hablar del verano, esa estación estival que tanto nos ha dado, que tanto recordamos. 



Ese verano fue diferente, perdimos las ruedas de galleta, las manzanas del barrio en bicicleta, los bocadillos de membrillo. Un verano largo, de aburrimientos cosidos a las patas de un banco, de aquel banco.

Renunciamos a ser niños por un trozo de hombre que todavía no nos correspondía, aprendimos a pasar los dedos por el polvo que provoca no tener un duro, y soñar con el dinero. Soñábamos con trabajos de poca monta que nos sacaran del paso.
Mira que nos dijeron todo lo que entonces no aprendimos.

Éramos un puñado de chicos y chicas cambiando de piel. Alguno como Jaime,  no tenía muy clara su   suerte. Él, y quizás yo.

Jaime era un chico especial, siempre llegaba el primero al punto de quedada, para irse el último. Curioso, pero no parecía alegrarse mucho al vernos venir. Levantaba la mirada para forzar una sonrisa, pero era evidente el mensaje de lo que no decía.

Su padre era un hombre serio, poco dado al diálogo. Trabajaba en una empresa importante de jefe de «algo». Su madre en cambio era una mujer encantadora, la veíamos  poco, pero en esas contadas ocasiones, siempre intentaba sonreír, ataviada con ropa que le cubriera el cuerpo y gafas oscuras, fuera invierno o verano. Jaime decía que era alérgica al sol. No quisimos saber más.

Vinieron más veranos, pero ya no  fue lo mismo, se perdió el pellizco y nos entraron inquietudes que irremediablemente nos fueron separando. Nos considerábamos pandilla, pero el tiempo se encargó de irnos dejando en amigos de algún tiempo.

Hoy hace un día extraño, un día de pelo revuelto, con las calles llenas de gente que va y viene sujetándose al suelo con una postura complicada.

La ventana del baño silba desde que la hemos puesto nueva, el hombre que la instaló ha venido más de dos veces a terminar con el problema. En realidad no es un problema: se desmonta, se lleva al taller y listo.

Yo estoy aquí, metido en la esquina que me lleva siempre a recordar, poco a poco olvidándome de todos. De todos menos de Jaime y de su madre. Que siempre vienen a verme, cuando sopla el otoño.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Septiembre.

Fotografía de Pixabay
 
Volver a clase es partir la vida en dos,
ya es principio
pero todavía es cómplice el sol.
No nos gusta hacer la mañana desde tan temprano,
nos acostumbramos en tiempo récord
a batir el récord de estar acostados.
Nuestros padres nos miran con la ilusión  
de los niños que fueron,
les inquieta eso de volver por donde se fue
la mitad de la rutina
pero es complicado parar el verano
más cuando se disfruta tanto.
Con mochila nueva
un hueco entre los dientes y la piel tostada
por cucharadas de piscina y playa
caminamos la calle legañosa,
la esquina que dobla,
la recta que enfila hasta el final que termina.
Vernos los ojos
tímidos e hiperventilantes,
acariciarnos de nuevo los dedos con la piel,
a la sombra de la parra que inventamos
para tranquilamente y sin costas en los monos 
convertirnos en un manojo de ruido,
en una aglomeración de hormigas que desordenan todo a la vez. 
Últimamente ha llegado a los oídos
algo sobre unas listas que nos pueden separar, 
como si fueran capaces de borrarnos,
de cerrarnos el paso para no llegarnos.
En el firmamento de mis estrellas en estas noches que se despiden 
no os he dejado de ver,
hoy estáis aquí, 
y las listas serán muy listas
pero está vez se equivocan.
Sostenemos el mundo con la ilusión de septiembre, en esta entrada de colegio,
un palmo al cielo nos ha costado el verano,
el recuerdo para cuando no nos quede edad
y seamos niños con canas.
Hoy la avenida se llama vida,
sonríe bajo los pies de calzado bajo,
mientras el verano se apaga triste y feliz 
de llevarnos hasta nosotros.

viernes, 28 de julio de 2017

David

Fotografía de: Pixabay.

Si como hombre pudiera extinguir la estupidez,
si pudiera explicar la vida en un solo gesto,
lo haría.

Como haría también aprender a decir basta
cuando rompo el espejo con un grito de furia absurdo y sin nombre.

Con pies y aliento,
un tener de quien escucha y apaga la luz cuando el telón cierra,
una avenida para ir y venir por el verano
cubriendo los pies de arena recién horneada,
debería de sobrarnos.

Si pudiera, solo si pudiera,
te daba David una parte de mí
para que tú también pudieras borrar la estupidez de las personas balbuceando vivir.

Vamos con todo y más, 
aunque dudamos llegar a la sinceridad del alma, por el sonar del mar en una simple caracola.

Vivir con el amor enquistado en la boca del estómago, poder saltar, poder correr, poder reír, poder llorar.
Vivir es la prolongación de tus ojos
en el horizonte que marcan tus pestañas,
entender solo lo que merece la pena.

Cómo contar al mundo lo que he visto en las manos de tus padres,
cuando te llaman guapo 
con la boca de un verso en silencio,
levantando la estructura inquebrantable  del amor.

En el aire se levantan las armas cada aurora,
las personas, unas detrás de otras,
olvidan el significado figurado del aire,
para perder su tiempo con castillos levitantes.

Mientras tú, David, 
te aferras al Levante de los molinos
que girando reparten cobijo
en el corazón de tus progenitores.

Después de todo nos quedará el absurdo 
de seguir muriendo sin entender la vida,
mientras en tus ojos entran todas las soluciones.

martes, 25 de julio de 2017

DESPUÉS DE TODO.

Fotografía de: Pixabay.



Un momento exacto, 
una alegria que se abre como la verja que os vio entrar,
y os ha visto salir tres años más tarde resumidos en dos momentos, 
el último y el primero.
 
El tren es un suspiro, 
un aliento jadeante en el patio del colegio,
una cadena de mañanas en estaciones salteadas
por un correr de padres,
en el corredor del buenos días y hasta mañana.

Habéis ido creciendo, 
palmo a palmo, 
carrera a carrera, 
juego a juego, 
pregunta a pregunta,
hasta haceros sin remedio menos niños sobre niños, 

hasta llegar a sentir y comprender la buena práctica de la amistad,
hasta querer y requerer día tras día,
correr hasta una clase de veinticuatro nombres y apellidos.

Tenéis el orgullo por el árbol genealógico de cada uno de vosotros.
Habéis aprendido a respetar,
a sumar, a restar, a leer, a contar, 
a que el patio puede ser un gran campo de fútbol,
un castillo encantado,
o una casita de princesas.

Habéis aprendido a enfadaros y a perdonaros, 
a que la lectura de las cosas puede ser muy relativa, 
que hay que ayudar al débil,
al más desfavorecido, 
que todas las gracias no siempre tienen gracia,
y que la madre naturaleza hace milagros convirtiendo en flor un simple 
chícharo.

Habéis entendido que el tren de los alimentos, además de divertido es 
saludable, como saludables son los abrazos y decir te quiero, 
que en el mundo está Sevilla, Egipto, y Constantinopla,
que en la palma de un beso entra toda la felicidad que hace falta,
y que de aquí en adelante, sin vosotros saberlo, habéis emprendido un viaje,
el viaje de la vida.

Nosotros como padres os damos las gracias por todo,
pues ha sido muy saludable el camino.

Muy bonito veros salir con ganas,
de volver a veros. 
Año tras año.

sábado, 3 de junio de 2017

Tres de junio



Fotografía de Pixabay; CC0

 

 

Porque la vida me sorprendió contigo, regalándome todo hasta acercarme a ti.

Para empezar de nuevo, sin renunciar a nada.

 


Hay un pajarito con su miel de pico
en mi ventana piando.

Me sopla en el ombligo el sentir,

el querer que gasto

                              para  contigo.

Me canta que te quiera, como si yo no lo supiera.

Que te quiera de cintura para dentro,
por donde asoman sin vergüenza
los colores del amor.

Con la que su inocente mezcla
te nació fresca,
en semejanza y tono al agua cristalina.

El día que yo supe,  sin siquiera ser,

                                         que tenía que intentarlo.


Aquí estoy, 
en la borrachera de la vida, 
en esa flojera de ojos que me tambalea,
en ese redoble palpitante que se arranca cuando te piensa y te encuentra,

sentada en la verdad,

sujetando con estilo el estilo.

Aquí estoy,

con una piel de pico de pájaro
con saber a miel.

Sin saber lo que digo. 

Llevándome bandolero lo mejor que tengo
hasta el tejado donde te cito, 
donde se hace pardo el resto en tu presencia.

Y me haces loco,
con ese juego de palabras que te callas 
y derramas por mi ser con la mirada.


Aquí,
con el plan de juntos deshacernos,

en este amor de vitrina,

de manual, 

sencillo como un buen beso de vino
a los pies de la Torre Eiffel (que nunca dejaré de prometerte),

descorchándonos la boca,
junio a junio,
tres a tres.


Hay un pajarito con su miel de pico

piando en mi ventana: Felicidades Reina Mora.

Te quiero tanto, porque menos no puedo.


Tu bandolero