Estoy un poco nervioso, no conozco a la familia de Cori, que es así como la llamamos, pero me han hablado maravillas, en especial de su padre - un hombre de avanzada edad, escultor reconocido en España y catedrático de la Universidad de Sevilla. Y sobre todo, bellísima persona.
Llamamos suave, con la mano. No tarda en abrirnos una cara conocida con su sonrisa encantadora, es Cori. Tras fundirnos en abrazos y besos nos invita a entrar y saludar a toda la familia. Uno a uno vamos haciendo buenos los típicos cumplidos, las niñas están muy guapas y los años nos han tratado bien.
Se acerca el abuelo, es una persona de edad, con su pelo blanquecino y el mapa de la vida en cada arruga. Mi mujer le da un efusivo abrazo y después se acerca a mí, le cuesta levantar el brazo para estrecharme la mano pero lo hace noblemente: - "Hola ¿que tal? Antonio". -"Yo Fabián, encantado". Después de presentarnos me invita a sentarme en el sofá del salón. Las niñas ya juegan y mi mujer y su amiga se cuentan chascarrillos entre risas despreocupadas.
El ambiente es magnífico, pese a casi no conocerlos me siento bienvenido y tranquilo, es una familia encantadora y muy hospitalaria. Pronto viene a buscarnos una voz desde la terraza. Esta es amplia, sencilla y bonita, el día está perfecto de mercurio y la mesa hace las delicias del hambre golosona. Entre la familia y algunos amigos que también han venido sumamos un número más que considerable, repartimos los asientos por gustos literarios y le quitamos tiempo al reloj sin darnos cuenta. Después de la tarta la canción de cumpleaños, los regalos y los brindis al sol, me encuentro hablando con el maestro Antonio, que me hace un guiño para acompañarle a su pequeño taller-museo situado en la parte baja de la casa, al lado del salón. Acepto encantado y le acompaño con una gran intriga por lo que voy a ver. Nada más entrar me doy cuenta lo que atesora ese pequeño templo del arte, un montón de miradas observando el paso del tiempo, vida enhebrada poco a poco en barro cocido con las manos de un hombre que tiene el arte por castigo. El artista explica lo que hay que saber sobre su obra y yo -pobre de mí- asiento con la boca abierta a todo lo que cuenta. No tengo mucha idea de arte, pero sí puedo dar mis impresiones y aquello es magia pura en barro y lienzos de fruta fresca levitando en las paredes. Me impresionó la ilusión que veía en sus ojos, la llanura en la distancia corta. Eso me lleva a rendirme a sus pies. Cuenta historias de cuando de mozo vivía en Madrid para poderse sacar la carrera de Bellas Artes, cómo se hizo profesor de la Universidad, y de todos los reconocimientos que tenía, que tuvo que dejar de conducir por la edad y un sinfín de cosas más que me enriquecen muchísimo. Vi un hombre simple, familiar e ilusionado con nuevos proyectos. Me trató como a un buen amigo, pese a contar en horas nuestra amistad.
¡Es un genio sin ego!
Después de bebernos su obra del búcaro de la palabra, entra en la sala una de sus hijas, insinúa entre bromas que me suelte, que me tengo que ir. -Risas-. Nada de soltarme, estoy encantado. Levanto mi mano, él a duras penas alza la suya, me mira con ojos de niño soñador y sellamos la amistad.
Estoy maravillado de esa distancia corta con el arte de verdad.
No estoy acostumbrado al caviar.
Gracias Antonio Gavira. Un placer
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| Fuente imagen: http://ahoramairena.es/antonio-gavira-mairenero-del-ano-2013/ |

Gran persona y artista...has sabido plasmar de una manera muy bonita el momento en que os conocisteis
ResponderEliminarEl cariño se siente siempre cuando estáis con nosotros en casa pero leerlo, plasmado así de esta manera... No tengo palabras. Gracias.
ResponderEliminarGracias a vosotros por lo cariñosos y atentos que sois siempre con nosotros. muak
EliminarMe has hecho llorar Fabián, mientras leía tus letras he sido capaz de ver todos y cada uno de esos instantes que describes y de los que en varias ocasiones he sido testigo. No podías haber explicado todo mejor y de una manera tan tierna y elegante. Gracias de nuevo.
ResponderEliminarMe alegro.La verdad es que me ha resultado sencillo, lo tenía muy marcado dentro ese día.
EliminarQué razón tienes y qué bonito lo cuentas… Con Antonio Gavira no hace falta saber de arte, Fabian… Su dimensión humana es tan grande que se amolda a cualquier interlocutor. Es hermoso lo que escribes de vuestro encuentro. Ahí se han unido dos almas sensibles… Y el arte no es otra cosa que sensibilidad!
ResponderEliminarGracias Lourdes, me encanta que me digas eso, porque viniendo de tí, todo es un cumplido. Me alegro que te guste. Yo no tengo mucho más que ofrecer que un manojo de sensibilad de corazón abierto. Un beso
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