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| Fotografía de Pixabay: CC0 |
Dedicado a toda la gente que como yo, pasaba los veranos en Txarama.
Eran los años que fueron, a nosotros nos faltaba barba y al
año; el otoño, el invierno, y la primavera. En el colegio se habían colgado las
maletas hasta nueva orden, y nosotros habíamos aprovechado para colgar
también las pocas ganas que nos quedaban de volver después del último
curso.
Como cada día en mis escritos el sol salía fiel a su cita, calentando nuestras ganas de salir pitando a la piscina natural de agua libre (el río). Cada uno cogía su bicicleta (el que tenía), y el que no, se montaba en la bici del más osado, cargando con él como un albañil carga con un saco de cemento hasta la hormigonera.
Aquello era perfecto; el río bajaba cansado y partía el paisaje en dos mitades, por una de ellas pasaba la carretera, estaba provista con unas parrillas y unas piscinas artificiales llenas con el agua del mismo río.
Pero aquella orilla no llamaba nuestra atención, a nosotros nos gustaba el
otro lado, el del prado, donde compartíamos espacio con una valla de
alambre de espinos, que separaraba el ganado de cuatro patas de nosotros,
con dos.
El río pasaba reptando, salvaje, tentador. Nuestra orilla contaba con un tronco cortado en plano, donde hacíamos las delicias del aire antes de caer en aquella balsa de Paz.
Allí pasábamos los veranos tostándonos la piel sin crema alguna. Niños con sueños por cumplir y pocas ganas de seguir contando otoños.
Cuando esa época se acabó, aquel río y su orilla de prado y espino nunca volvió a ser la misma. Yo creo que fuimos la última generación con padres irresponsables que dejaban a sus niños salir solos con sus sueños.
Si no, no me lo explico.
Txarama
Mira el paisaje,
parece largo
desde que no lo recuerdo.
Creo que ya no va nadie,
que no juegan los niños,
y el río pasa
mustio,sin brío.
Igual le pinto
un cielo inmenso,
y si me apuras
parece largo
desde que no lo recuerdo.
Creo que ya no va nadie,
que no juegan los niños,
y el río pasa
mustio,sin brío.
Igual le pinto
un cielo inmenso,
y si me apuras
le grito un niño, le salto un pez,
o le vuelo un pescador; Martín de nombre,
también quizás, no sé,
igual le lluevo,
para un final
con arco iris.
Mira el paisaje,
parece otro, como sonríe.
para un final
con arco iris.
Mira el paisaje,
parece otro, como sonríe.

Que belleza, querido, de estampa y poema, no tuve la gran suerte de conocerlo pero, quien sabe si quizás algún día...
ResponderEliminarMuxu haundi bat, Fabián, maitia :-)
Precioso, nostálgico y lleno de fuerza. La niñez/adolescencia se vivían sin que la inquietud paterna interfiriera, y eso ya es mucho. Tu poema, muy hermoso. Felicidades. Abrazos.
ResponderEliminarPrecioso, Fabian
ResponderEliminarEl relato evocador de un tiempo de libertad. El poema, original. Enhorabuena. Me gusta.
La responsabilidad no deja de ser una cadena, pero la imaginación la desarma todas. Nosotros, podemos y debemos enseñar a los hijos del futuro esas dos orillas.
ResponderEliminarMe gustan tus letras que se mezclan con la música creando un momento de tu escrito que lo regalas al universo
ResponderEliminargracias